Toda la
semana había estado yendo del trabajo a la puerta de la estación. Me quedaba de
pie en la acera contraria y la observaba antes de volver a casa, sin hacer o
decir nada. Me transmitía una intensa sensación contradictoria. Me hacía sentir
en paz, pero también cargaba mi sistema de adrenalina. Quería entrar, conocer a
esos chicos, en parte ser como ellos: alegres, activos, jocosos. Pero se notaba
a distancia que pertenecíamos a mundos opuestos y que no entraría en el suyo
jamás.
El domingo que comenzó todo, yo no había ganado propina más que para un ticket de vuelta a casa, pero antes de hacer uso de ese escaso dinero, fui como todos los días a ver a la Sub estación. Amaba ver sus grafitis en la puerta e imaginar la cantidad de personas asombrosas que seguro estaban ahí dentro. Escritores, pintores, fotógrafos, acróbatas, músicos, todos artistas urbanos. Pese a mi imaginación, algunas cosas eran extrañas, no concordaban con el cuadro de la sub estación que había creado dentro de mi cabeza. Se suponía que si había más personas allí y eran como los chicos del otro día, el lugar debería ser un caos, lleno de sonidos combatiendo para sonar más alto que otros. Sin embargo, siempre que me acercaba, el lugar parecía desolado, por lo que supuse que solo iban allí los dos chicos con los que me había encontrado, tal vez alguno más, pero no demasiados.
No sabía cuánto tiempo había pasado allí, pero cuando estaba por irme, encontré una sonrisa acompañada de una mirada en mi dirección.
Me congelé durante unos segundos al ver a la chica de corto cabello azul, y ella solo seguía sonriendo con simpatía. Moví mis dedos nerviosamente dentro de los bolsillos de mi abrigo e intenté parecer natural al desviar la mirada.
El domingo que comenzó todo, yo no había ganado propina más que para un ticket de vuelta a casa, pero antes de hacer uso de ese escaso dinero, fui como todos los días a ver a la Sub estación. Amaba ver sus grafitis en la puerta e imaginar la cantidad de personas asombrosas que seguro estaban ahí dentro. Escritores, pintores, fotógrafos, acróbatas, músicos, todos artistas urbanos. Pese a mi imaginación, algunas cosas eran extrañas, no concordaban con el cuadro de la sub estación que había creado dentro de mi cabeza. Se suponía que si había más personas allí y eran como los chicos del otro día, el lugar debería ser un caos, lleno de sonidos combatiendo para sonar más alto que otros. Sin embargo, siempre que me acercaba, el lugar parecía desolado, por lo que supuse que solo iban allí los dos chicos con los que me había encontrado, tal vez alguno más, pero no demasiados.
No sabía cuánto tiempo había pasado allí, pero cuando estaba por irme, encontré una sonrisa acompañada de una mirada en mi dirección.
Me congelé durante unos segundos al ver a la chica de corto cabello azul, y ella solo seguía sonriendo con simpatía. Moví mis dedos nerviosamente dentro de los bolsillos de mi abrigo e intenté parecer natural al desviar la mirada.
—¡Oye! Tu
eres la chica del otro día, ¿no es así? La de la cubeta de agua.
Su voz era
ronca e iba perfecta con su imagen rebelde y desalineada. Volví a mirarla y
ella continuaba sonriéndome. Asentí levemente y se acercó a grandes zancadas.
Me asusté por un momento, pero la chica extendió su mano hacia mí.
—Me llamo
Alex, ¿cuál es tu nombre?
Me tomo unos
instantes para pensármelo bien, pero no perdía nada al contestar.
—Mi nombre es
Dakota— Dije estrechando su mano.
—Vaya, ese
nombre es lindo.
—Tal vez, en
realidad no demasiado— Contesté soltando su mano. —Es solo un nombre estirado,
hay otros que preferiría.
Por lo
general, me limito a asentir y agradecer, a ser una feliz y complacida chica
por todo lo que tiene, pero algo en el lame llevó a abrirme, aunque fuera de
una forma tan mínima. Tenía un aura extraña, tenía la sensación de que aunque
le hubiera dicho que maté a mi padre en la mañana y me lo comí, ella no me
juzgaría por eso.
—¿Qué nombre
te gusta entonces?— La miré interrogante. —Dime, comenzarás a llamarte así a
partir de hoy.
No entendía
de qué iba esa chica. ¿Cómo iba a poder una chica que recién conocía cambiarme
el nombre así porque si? Era tonto, se tomaba demasiadas confianzas.
Volvía a
guiarme por lo que mi madre creía correcto, y no por lo que yo quería hacer.
Suspiré y sonreí. Me dejaría llevar esta vez, después de todo, mi relación
familiar no corría ningún peligro por lo que le dijera a ella.
—No lo sé… —
Comenté sin pensarlo mucho, comenzando a sonreír igual que ella. — ¿Robin?
—Excelente.
Entonces, Robin, lamento haberte bañado en agua y jabón el otro día.
Algo dentro
de mi se sintió bien, como si algo que trababa mis engranajes desapareciera y
todo comenzara a funcionar. Solté una suave carcajada, genuina, como pocas
veces hacía y negué con la cabeza, dándole a entender que todo estaba bien.
—¿Por qué
estuviste tanto rato aquí mirando a la Sub estación? Fueron como unos… 30
minutos.— Mencionó mirando el reloj de su mano.
En ese
momento la miré sorprendida y me avergoncé un poco. Tal vez vio cómo estaba de
acosadora mirando aquel lugar. Tal vez me había visto toda la semana. Tal vez
cree que soy rara.
Tal vez…
Tal vez…
—Oye.— Llamó
mi atención con un par de chasquidos— Vuelve aquí.
—Uhm… ¿me
estuviste viendo todo el tiempo?
—Claro. Al
llegar encontré a una chica que miraba hacia allí con mucho interés, parecía
que tu cabeza estaba abarrotada de cosas que se generaban gracias a la Sub
estación. A cosas que puedas pensar que suceden ahí.
—A decir
verdad, me generó mucha curiosidad. No solo el lugar, sino también ustedes. Tú,
y el otro chico.— Otra vez me abría con ella.
Su sonrisa se
amplió enormemente y golpeó de forma suave mi hombro con el puño.
—Me gusta la
gente curiosa. ¿Quieres ver cómo es realmente?
Abrí mis ojos
entusiasmada y me mordí el labio con fuerza. No debía ir, no a un lugar que no
sabía lo que era con alguien que acababa de conocer y mi madre tacharía de
extraña y posible drogadicta.
Pero mi
madre no estaba ahí.